En este tercer artículo de la serie, Vínculo, libertad y madurez humana, comenzamos con una espléndida cita. Se trata de una obra de Leonardo Polo, que enmarca muy bien el tema de la libertad interior, como raíz del vínculo y del compromiso:
“Si lo más radical es la intimidad, la libertad no sólo tiene que ver con las propias acciones, sino que es también el ser apto para encontrarse con otro que sea también persona. (…). La libertad es el respecto al otro, que, si no es libre a su vez, la defrauda radicalmente”.[1]
Más allá de elegir entre opciones
Cuando hablamos de libertad, solemos pensar en la posibilidad de elegir. Es decir, optar entre caminos, decidir qué hacer, seleccionar una alternativa. Sin embargo, esta dimensión deliberativa de la libertad es real e importante, pero no agota lo que somos. En efecto, la libertad interior es mucho más radical. Estamos delante, nada más y nada menos, que de la capacidad de orientar la vida como un don, de abrirnos al otro y de comprometernos en profundidad.
La libertad como apertura al vínculo y al compromiso
Desde el pensamiento de Leonardo Polo, la persona no se reduce a sus actos externos. En su intimidad más profunda, cada ser humano es libre de un modo originario. Con otras palabras, no simplemente porque pueda elegir, sino porque está llamado a darse. Esta libertad interior no depende de circunstancias externas ni de limitaciones biográficas. Más aún, incluso en medio de la enfermedad, la pérdida o el dolor, la persona conserva la posibilidad de amar, de entregarse, de decir un “sí” que orienta su existencia.
El encuentro con otra persona libre
La libertad radical de cada ser humano se despliega en el encuentro. Solo una persona libre puede reconocer a otra como libre, y de ese reconocimiento nace el vínculo. No se trata de relaciones superficiales, utilitarias o pasajeras, sino de un encuentro que respeta la intimidad y la dignidad del otro. Allí donde dos libertades se reconocen y se dan mutuamente, surge el espacio de la verdadera amistad, del amor matrimonial, de la comunidad.
El compromiso como plenitud de la libertad
Lejos de ser una atadura, el compromiso es la expresión más alta de la libertad. Cuando decimos “sí” —en el matrimonio, en la vida consagrada, en la entrega a una causa justa— no estamos renunciando a ser libres, sino ejerciendo la libertad en su nivel más profundo. El compromiso no restringe: configura. Nos convierte en personas que viven con sentido, que se saben responsables de otro y con otro, que encuentran en la fidelidad un camino de maduración.
En definitiva, la libertad interior es la raíz del encuentro auténtico y del compromiso duradero. No basta con poder elegir: necesitamos descubrir que somos capaces de donarnos. Solo así la libertad alcanza su plenitud: en el amor que se entrega, en el compromiso que perdura, en los vínculos que humanizan nuestra vida.
Graciela Soriano
[1] POLO, L., Introducción a la filosofía, en Obras Completas, Serie A, vol. XII, Eunsa, Pamplona, 2015, p. 229.






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