La madurez espiritual consiste en vivir los compromisos como la verdad más honda de la persona. En este artículo, exploramos cómo el compromiso no es una carga, sino la expresión más alta de nuestra libertad y ser personal. Continúa la serie Vínculo, libertad y madurez humana.
Introducción: el compromiso y la condición humana
Hablar del compromiso es adentrarse en la condición radical de la persona. En efecto, nuestra libertad se expresa en vínculos que son promesa y don. En el compromiso se revela la hondura del ser creado, que se constituye como apertura y coexistencia.
Por tanto, la persona se entiende como un ser llamado a vincularse. Se trata de establecer lazos que no son meras relaciones externas, sino actos que comprometen la intimidad y configuran la historia. De este modo, el compromiso manifiesta el carácter unitivo de la persona y su capacidad de integrar la relación con el cosmos, con los demás y con Dios. En última instancia, esto hace de la existencia una expresión donal que despliega el sentido más profundo de la vida humana y la madurez espiritual.
El compromiso como expresión del ser personal y la madurez espiritual
Desde la perspectiva poliana de la persona creada, lo más radical del ser humano es su acto de ser. Esta realidad primordial puede describirse como una vinculación unitiva. Asimismo, la existencia humana se articula según diferentes planos de vinculación: con el cosmos, con la historia, con las demás personas y con Dios.
En este sentido, la plenitud de la existencia integra una dinámica donal tanto del Creador como de la criatura. Esta última acepta el don del ser y pone en marcha la inspiración creativa de la cultura. Por consiguiente, la vida humana se configura como una articulación de los compromisos de la persona, lo cual es signo de una verdadera madurez espiritual.
La intimidad como fuente para vivir los compromisos
El compromiso manifiesta la intimidad personal: coexistente, libre, cognoscente y amorosa. Específicamente, este modo de vinculación es único en la persona y no ocurre en otros seres. El compromiso revela el ser en la esencia humana.
De este modo, de dicha actividad radical personal dimanan el sentido último de las decisiones y acciones. Aquí, el conocer y el amar no se entienden simplemente como facultades mentales. Por el contrario, son actos personales que se proyectan vitalmente y nutren la madurez espiritual.
Vinculación y promesa: apertura al futuro
El ser personal es, por naturaleza, vinculante. Se trata de una vinculación muy peculiar que lleva consigo una promesa. Por lo tanto, la promesa implica el dominio del futuro y la apertura a un significado trascendente. Esta apertura espera la aceptación de aquel a quien se dirige.
Además, en este horizonte, Dios se vincula con la creación a través de la providencia. Esta expresa el amor divino y el compromiso de mantener la vinculación con el ser personal. Este reconocimiento es fundamental para alcanzar la madurez espiritual.
Vinculación donal hacia Dios, los otros y la historia
La persona creada es vinculación. Por un lado, se vincula con Dios, que puede aceptarla en plenitud. Por otro lado, se vincula con las demás personas, las criaturas y la historia. Estos vínculos creaturales expresan la dinámica trascendental del amor comprometido.
En consecuencia, cada acto de don configura y fecunda la trama vital y social. Tal como lo dice Leonardo Polo:
“La persona creada, en cuanto tal, está inmediatamente abierta a donarse. Ese donar es su oferta a Dios. Se trata del ofrecimiento de obras. Si yo ofrezco mis obras y Dios las acepta, les da un valor divino. Con lo cual, yo entro en la Gloria no sólo con mi ser, sino con mi obra”.
Debido a esto, la realidad personal se comprende siempre como unidad de vida.
Conclusión: el sentido más alto de la madurez espiritual
El compromiso, entendido desde la noción de persona creada, manifiesta la dinámica íntima del ser coexistente y vinculante. En resumen, aquí se expresa la apertura radical al Absoluto, a los demás y a la historia. Esto configura la vida humana como una trama de vínculos que nacen de la libertad.
En definitiva, la existencia humana alcanza su sentido más alto cuando se considera un entramado de compromisos. Lejos de limitar la libertad, estos la plenifican en el amor donal. La madurez espiritual consiste precisamente en acoger esta verdad. Es dejar que el amor comprometido oriente nuestras decisiones hacia su destino último.
Finalmente, en esta clave, la madurez espiritual se comprende como la capacidad de vivir los compromisos en fidelidad.
- En la relación con Dios: La oración y la vocación manifiestan la acogida del don.
- En la convivencia humana: La amistad y el amor muestran que la fidelidad conforma la identidad.
- En la historia: La entrega a proyectos culturales demuestra que los compromisos dejan una huella fecunda.
Graciela Soriano






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